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David Hammerstein
Eurodiputado de Los Verdes

La
banalización de la destrucción del clima
Irresponsabilidad moral y retórica ante el cambio climático
Pocas veces ha habido una separación tan nítida
entre las palabras de preocupación oficial y la enorme irresponsabilidad
expresada en los hechos. Según nos dice el Sr. Zapatero se han
encendido “todas las luces rojas” y el cambio climático ya está aquí con
sus temibles consecuencias para todos, y afirma que será “inflexible y
firme” en su lucha contra el efecto invernadero y el cambio climático.
También todo Ministro y político que se precie corre para reunirse con
Al Gore ante las fotos de la prensa y asisten con devoción a la
proyecciones de “La Verdad Incomoda”. Junto al mundo científico, la
clase política y nuestros gobernantes parece que ya reconocen los malos
tiempos que se avecinan si no se modera y frena la destrucción de los
equilibrios vivos de nuestro clima planetario. Por un lado nos dicen que
van a intentar paliar con firmeza el calentamiento de nuestro clima
terrestre, lo que obliga a la urgencia y a la profundidad en los cambios
estructurales pendientes en las políticas energéticas, en la industria
del carbón, del gas y del petróleo, pero por otro lado, todo parece
quedarse en meros fuegos artificiales cuando se trata de medir las
palabras con políticas prácticas reales. Más allá de este folklore de
las declaraciones públicas, las políticas del gobierno socialista
continúan con las peligrosas inercias destructivas con el clima y la
biodiversidad debido a que no cuestionan ni alteran las políticas
energéticas e industriales, ni las prioridades de los ministerios, ni el
engranaje económico, ni las pautas socioculturales de consumo y
bienestar. Las políticas del gobierno siguen insensibles al mal que
impulsan, y como si nada pasara continúan dando las mismas medicinas que
matan.
Pero no parece de sensatez ni de responsabilidad
mínimas el mirar a otro lado cuando se te quema la casa, algo así nos
está ocurriendo. Este no pasa nada que nos incita a no cambiar nuestras
formas energéticas de vida, hoy constituye una peligrosa idea que
trivializa el gigantesco genocidio que se incuba contra la vida en
nuestro planeta. El cambio climático aparece así como un simple
simulacro discursivo para exhibir preocupación y ganar credibilidad
social y electoral, cuando en realidad es percibido como un problema
sectorial y ajeno a las prioridades de la realidad económica y social
que en su inercia multiplican y aceleran el desastre con el clima. La
exitosa invocación ritual contra el cambio climático en realidad carece
de conexión con el día a día, y se convierte en un nuevo tema fatalista
de conversación que busca valores éticos añadidos a la acción política
dando pinceladas ambientales a las anacrónicas y destructivas políticas
de gobierno en materia energética. Esta banalización del mal en la lucha
contra el cambio climático utiliza cínicamente la grandilocuencia
mediática, y a la vez oculta que el cambio climático en realidad es
tratado sólo sectorialmente y con numerosas trampas ante los planes de
reducción de emisiones que salieron de Kyoto. Parece que los intereses
del gobierno están en continuar con prácticamente las mismas tasas de
emisiones de gases nocivos a la atmósfera, es decir, se trata de no
meter en cintura a las decisiones y prioridades que causan la
destrucción del clima y que actualmente dirigen la producción, el
consumo, la industria, y la economía nacional y mundial.
Esta gigantesca irresponsabilidad moral con el
cambio del clima en nuestro planeta también se expresa en la ausencia de
debate político entre los partidos. Para ellos el cambio climático deja
de existir cuando se trata de llevar a cabo políticas de todo tipo, como
son la expansión urbanística, las nuevas infraestructuras y carreteras,
las subvenciones al carbón, a las cementeras, o a la industria, las OPAs
de Endesa, las ventas de coches, los alimentos agroquímicos e
industriales, los centros comerciales, las montañas de basura, los
aeropuertos de los bajos costes...etc. A la hora de verdad los
políticos de todos los colores buscan desesperadamente excusas y demoras
con tal de no enfrentarse seriamente a lo que es en realidad un grave
daño a la estabilidad de los metabolismos climáticos, lo que hoy supone
además una gran amenaza a la misma habitabilidad humana en la Tierra.

Para
los
partidos y políticos al uso, todo parece ser compatible con la
protección ambiental. Están atrapados en el "mito de la compatibilidad"
entre opciones antagónicas que en la realidad práctica se anulan
mutuamente: el libre desarrollo de las fuerzas económicas y la
protección de la naturaleza. En la retórica de la defensa ambiental
actúa una orquestación y fuerte consenso a favor de la banalización del
mal autogenerado y que amenaza cada vez más la supervivencia y la salud
humana en nuestra limitada y frágil casa terrestre. Para la clase
política podemos seguir la vida como siempre y mejorar sin sobresaltos,
y a la vez ser responsables con el planeta y el clima. Podemos seguir
con nuestra “grand bouffé” de bienes naturales que enferman o
desaparecen, y sin ningún riesgo de indigestión. Se puede seguir
apoyando unas tarifas eléctricas por debajo del coste real y
subvencionando masivamente las energías contaminantes, fomentando con
ello el despilfarro destructivo y el freno a la emergencia de las
energías renovables, y a la vez proclamar a los cuatro vientos la
apuesta por las energías limpias. Se puede estar a favor de mantener más
tiempo las masivas subvenciones del estado al Carbón en Asturias y León,
tal y como hace la vieja izquierda comunista de IU y Llamazares, y todo
sin quitarse la etiqueta publicitaria de “ecologistas responsables”. Se
puede favorecer cualquier industria contaminante como son las azulejeras
de Castellón violando toda racionalidad y sensatez con el control de
emisiones a la atmósfera y al mismo tiempo ponerse medallas en la
protección ambiental y responsabilidad con el clima.
Para
muchos
partidos y políticos, la tan cacareada palabra de “desarrollo
sostenible” significa sencillamente la defensa de la mágica
compatibilidad entre más y más desarrollo junto al cuidado ambiental,
algo que por cierto es imposible de llevar a la práctica sin que haya
siempre el mismo perdedor: la naturaleza. A la hora de la verdad ya
sabemos quien gana cuando se impulsa a toda costa el libre juego de las
fuerzas económicas y se renuncia a políticas que aumenten la presión
fiscal sobre las actividades y productos de producción y consumo más
contaminantes. Ahí están los innumerables ejemplos: Refinerías en
Extremadura, nuevas autovías por Tarifa o Los Picos de Europa, Pistas de
Esquí en San Glorio,.....
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