|
|
Fuente: Diario de León
JAVIER TASCÓN
VEO y escucho en un reportaje de Televisión Española a un hombre acodado
en la barra del bar, en un pueblo de las Tierras de la Reina, donde
expone su opinión a la periodista sobre el proyecto de la estación
invernal de San Glorio: «Los ecologistas prefieren a los osos antes que
a las personas», dice con un punto de amargura.
Es una opinión muy extendida, que ya he oído en otras ocasiones,
especialmente a los ganaderos («los ecologistas prefieren a los lobos»)
y a los cazadores («los ecologistas prefieren a las perdices»). ¿Será
cierto? Y a continuación me pregunto si seré un bicho raro, porque
-visto lo visto- yo prefiero a los ecologistas frente a los
«desarrollistas» de nuevo cuño. Y me pongo a buscar una explicación que
pudiera dejar satisfecho a este hombre que bebe su cerveza en un bar de
Boca de Huérgano.
La cornisa montañosa que atraviesa de Oeste a Este todo el norte de la
provincia, desde Los Ancares hasta Picos de Europa, constituye una
sucesión de las comarcas y parajes más bellos de la provincia: Laciana,
Babia, Luna, Omaña, Los Argüellos, la Montaña Central. Este largo
espinazo montañoso atesora un excepcional patrimonio natural y humano,
reconocido por la Unesco con siete declaraciones como Reservas de la
Biosfera.
Lo cierto, sin embargo, es que la Cordillera Cantábrica, en general, y
la montaña leonesa, en particular, llevan décadas sufriendo un amplio y
variado catálogo de agresiones y transformaciones en nombre del
progreso, al cual se han sumado nuevas amenazas en los últimos tiempos:
- Cielos abiertos de la minería en El Bierzo, Laciana y la Montaña
Central, que van abriendo nuevas heridas junto a las antiguas cicatrices
de la minería tradicional.
- Pantanos, como el de Riaño, que han anegado valles enteros y han
desplazado a sus moradores.
- Estaciones de esquí en funcionamiento (San Isidro, Leitariegos, El
Morredero) o en proyecto, como la de San Glorio, con dudosos desarrollos
urbanísticos añadidos.
- Proyecto de la línea de alta tensión Lada-Velilla, que cruzará la
montaña central con sus megatorres de alta tensión.
- Proyectos de parques eólicos -de momento, paralizados por la justicia-
en Omaña.
- La construcción de la línea de alta velocidad ferroviaria que
comunicará León con Asturias.
- El proyecto -cuestionado por sus presuntos beneficiarios- de una
autovía que atravesaría Babia.
- Canteras, vertederos incontrolados, depuradoras que no existen o no
funcionan, como ocurre en los municipios de Picos de Europa.
- Y todo ello con la colaboración de ayuntamientos y vecinos de estas
comarcas y algunas instituciones que, en unos casos, no aplican con
rigor los controles que están obligadas a ejercer, y otras veces apoyan
sin disimulo estos planes, por lesivos que puedan resultar, en nombre de
un desarrollo a corto plazo y de unos supuestos beneficios sociales, que
siempre llevan aparejada la coletilla inevitable que todo lo justifica,
«la creación de puestos de trabajo para la zona».
Todo este cúmulo de impactos forma una «encaimada» persistente, esa
niebla espesa que surge de manera repentina en las montañas cantábricas
y en pocos minutos se adueña de las laderas y los campos borrando de la
vista toda su belleza.
Especialmente llamativa, aunque cada vez menos insólita, es la posición
de la Junta de Castilla y León respecto a proyectos con tanto impacto
medioambiental como la estación invernal de San Glorio o los parques
eólicos de Omaña, donde esta administración ha tomado partido por los
que enarbolan los intereses económicos frente a otras consideraciones.
Tan sólo los grupos ecologistas y grupos de vecinos concienciados,
respaldados por las sentencias de algunos jueces, han librado y ganado
algunas batallas legales, cual Quijotes, contra los modernos molinos de
viento de las eléctricas, en el caso de Omaña, o los gigantes de la
especulación, en el caso de San Glorio, dejando al descubierto las
vergüenzas de la administración autonómica, que debería ser la primera
defensora del patrimonio natural de estas tierras.
No se trata de negar por sistema el progreso y los inevitables tributos
que acarrea, pero nos encontramos ante un choque de intereses y
prioridades, en el que la confusión entre valor y precio es evidente.
«¿Cuánto cuesta una puesta de sol?», titulaba un artículo Leonardo Boff,
en el que se podía leer: «Todo se vende y todo se compra. Según hizo
notar ya en 1944 el economista estadounidense Polanyi, en esa sociedad
dominante se operó la gran transformación al conferir valor económico a
todo. Las relaciones humanas se transformaron en transacciones
comerciales y todo, realmente todo, desde el sexo a la Santísima
Trinidad, se vuelve mercancía y oportunidad de lucro.» ¿Cuánto cuesta
una puesta de sol en Riaño? ¿Y la contemplación de un cielo estrellado
en Babia, una noche de verano? ¿Cuánto cuesta el aire limpio y fresco de
una braña de Laciana? ¿Cuánto cuesta la penumbra catedralicia del Faedo
de Ciñera y la sola existencia de una especie animal, como el oso o el
urogallo? Muchas personas contestarían que no hay dinero que lo pague.
Otras, por lo que se ve, estarían dispuestas a negociar el precio con el
mejor postor.
Estos espacios naturales han llegado hasta nosotros gracias a muchas
generaciones de montañeses, ganaderos y pastores en su mayor parte, que
han convivido en relativa armonía con su entorno. En las últimas décadas
este delicado equilibrio está en peligro, principalmente por la
emigración, que ha desangrado estas comarcas, ya que sus habitantes,
como tantos otros, han cambiado sus pueblos por las ciudades en busca de
«mejores» condiciones de vida.
Es cierto que no se puede condenar a los habitantes de estas tierras a
vivir como sus antepasados. Las administraciones deben ofrecerles todo
tipo de ayudas, modelos alternativos de desarrollo verdaderamente
sostenibles y condiciones de vida conforme a los tiempos actuales, que
permitan fijar la población y a ésta disfrutar de unos servicios y un
nivel de vida adecuados. Debe planearse la protección integral de la
montaña, proteger la relación milenaria del hombre con su entorno,
aprovechando los recursos naturales, pero sin destruirlos. La limpieza
de los vertidos del desastre que se produjo en Aznalcóllar hace una
década y la recuperación de las tierras contaminadas costaron al Estado
75 millones de euros y años de trabajo. ¿Por qué no se invierte en
mejorar lo que ya tenemos? ¿Pasará lo mismo en la montaña leonesa y en
el futuro tendremos que invertir cuantiosos recursos en volver a dejar
la montaña como la conocemos?
Las batallas que se libran en la montaña leonesa no sólo atañen a los
leoneses, ni siquiera a los españoles, forman parte de esa gran guerra
global que tiene lugar en el planeta, donde el progresivo calentamiento,
la desertización, la contaminación, la desaparición de especies, la
superpoblación, la escasez de recursos básicos, como el agua, va
limitando cada vez más el futuro de todos los seres vivos, incluidos por
supuesto los seres humanos.
Conservar el oso, el capilote, la grichándana, los bosques y, en
definitiva, el medio natural, es la mejor y la única manera de mejorar y
asegurar la vida de los leoneses. Lo que hagamos con el oso, antes o
después, afectará al hombre. Por esa razón no se trata de elegir entre
personas y osos, economía o naturaleza, porque cuando se apuesta por el
oso y por la preservación de la naturaleza se está optando primero y
principalmente por el hombre, el actual y el futuro, al que tenemos que
legar la montaña de León.
Por puro egoísmo, debemos apostar por el oso -y he utilizado en todo
momento la figura del oso como emblema de ese ejército de vida que está
donde él campea- y por la preservación de la montaña, porque de esa
apuesta depende el porvenir de los habitantes de estas comarcas y porque
sólo así se conseguirá dotar de sentido y futuro a estos parajes.
Porque, y cito de nuevo a Boff, «una sociedad que decide organizarse sin
una ética mínima, altruista y respetuosa de la naturaleza, está trazando
el camino de su propia autodestrucción».
Inicio
|