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Todos los partidos tradicionales
venden la misma mercancía. Lo único que varía es el envoltorio.
Su verdadera misión siempre ha consistido en promover el
progreso científico e industrial y que los ciudadanos sean los grandes
beneficiarios. Al menos eso es lo que todos nos cuentan. Los de derechas
y los de izquierdas. Lo que sucede es que la distribución de la riqueza
es cada vez menos equitativa. Los pobres son cada vez más pobres y los
ricos más ricos. De ahí el doble divorcio que se viene operando desde
hace años, entre los ciudadanos y la clase política por un lado, y los
ciudadanos y el progreso por otro.
Laciana refleja de una manera extraordinaria esta
realidad. La comarca no ha cesado de empobrecerse durante la última
década, mientras la principal empresa de la zona acumula beneficios
escandalosos. Y lo que es peor, ha ido progresivamente comprometiendo el
futuro casi de forma irreversible. Sin embargo, este extremo se omite o
se aborda de refilón.
Resulta, cuando menos sarcástico, que a estas alturas los
responsables políticos aún traten de embaucarnos con promesas que saben
pertinentemente que no tienen posibilidad de ver la luz. Como por
ejemplo, afirmando que "las zonas
rurales de montaña serán objetivo prioritario en las políticas de
desarrollo que aplica el Ministerio de Agricultura". En Laciana
ya es demasiado tarde para invertir la tendencia actual. Mal que le pese
al director general de Economía Social del Ministerio de Agricultura,
Carlos G. Oñate. Porque aquí, la puesta en valor del patrimonio
natural hace ya mucho tiempo que está comprometida. Y a poco que se
hubiera documentado antes de venir a Laciana, se habría enterado de que
los espacios protegidos no merecen la menor consideración. Ni tampoco el
paisaje ni la arquitectura popular. Y no digamos ya la diversificación
económica.
En Laciana se sigue apostando por el cielo abierto, que es lo mismo que
seguir apostando por el monocultivo del carbón y todo lo que lleva
aparejado. En estas circunstancias resultará muy difícil, por no decir
imposible, que esta comarca pueda encarar su futuro con unas mínimas
garantías. Por muy objetivo prioritario que para los tecnócratas sean
las zonas rurales de montaña.
Pero como estamos en plena subasta político-electoral, hemos de
acostumbrarnos que hasta la jornada de reflexión de las próximas
elecciones generales de marzo, un día sí y el otro también, los
políticos saquen de su chistera promesas a cual más fantástica. Todo lo
que no han sido capaces de realizar hasta ahora lo harán en los próximos
meses. Exactamente como ha ocurrido durante la última campaña para las
elecciones municipales. Los partidos políticos tradicionales pasaron de
puntillas sobre los verdaderos problemas del Ayuntamiento y ahora no
saben como resolverlos. O mejor dicho sí. Es decir, como de costumbre,
metiendo la mano en el bolsillo del contribuyente. Una práctica que el
ex alcalde de IU, Guillermo Murias, manejó con magistral
destreza. Ahí está su legado. El impuesto de circulación de vehículos
más caro de la provincia o una tasa por depuración de aguas abusiva,
puesto que gran parte de esas aguas residuales se siguen vertiendo a los
ríos sin ser depuradas. Ahora le toca de nuevo al IBI.
La clase política tradicional acepta sin reservas la sociedad de consumo
y el individualismo a ultranza. Por eso estamos como estamos. Y por eso
la subasta tiene tanto éxito. Vamos a crear riqueza, empleo, progreso,
desarrollo, bienestar... Y como los ciudadanos aún seguimos albergando
la esperanza de que en este gigantesco catálogo haya algo para cada uno
de nosotros, pues picamos una y otra vez. Después viene el desencanto y
la frustración, pero en la próxima contienda electoral recobramos
nuestra condición de forofos y nos comportamos como tal. O sea, como
carne de subasta político-electoral. Y los políticos lo saben, por eso
actúan invariablemente de la misma manera. Exactamente como lo ha hecho
ayer en Villablino el Sr. Carlos G. Oñate. Como un buen
propagandista en período preelectoral.
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