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La prosperidad económica de los años 60 en Europa, convirtió el coche en
un bien de consumo cada vez más común. Hoy, la circulación y los
problemas derivados de su utilización se ha convertido en uno de los
principales quebraderos de cabeza de las sociedades desarrolladas. De
ahí que, no pocos Gobiernos, hayan ido progresivamente modificando sus
políticas de comunicación y vertebración del territorio. Atrás queda la
euforia del hormigón - menos en España- al haberse archivado las tesis
de aquellos planificadores que subestimaron los efectos perversos de esa
política destructora de no pocos espacios naturales de gran valor
ecológico. Y lo que es aún más importante, imprescindibles para la
propia supervivencia de la especie humana.
Hoy, los Gobiernos responsables, son cada vez más insensibles a las
presiones de las colectividades locales, que ven en la construcción de
una autopista en la proximidad de su término municipal una garantía de
desarrollo económico. Precisamente, porque desde la década de los 70 se
empieza a constatar que en la mayoría de los casos no sólo no se cumple
ese diagnóstico sino que se produce todo lo contrario. Países como
Suiza, Austria etc. interrumpen o incluso abandonan varios de los
proyectos elaborados en la década anterior. Alemania y Francia también
han revisado desde entonces sus políticas en materia de comunicación y
vertebración del territorio. Naturalmente, los partidarios de esta
política de construcción masiva de autopistas o autovías, dirán que esos
países poseen muchos más kilómetros que España. Y es cierto, pero no es
menos cierto que si esos países pudieran dar marcha atrás, es evidente
que algunas de las construidas hoy no lo habrían sido.
Al menos eso es lo que consigna en un excelente estudio el investigador
WERNER H. Un estudio que ha servido de referencia a varios
Gobiernos europeos para diseñar una nueva política de comunicaciones. Y
que visiblemente desconocen quienes un día sí y el otro también, nos
martillean con los beneficios que para Laciana supondría la construcción
de una autopista entre Toreno y la León Camponames, a la altura del
puente Fernández Casado.
Los Verdes de Europa, incluso conscientes de que nuestra
oposición a la construcción de esta infraestructura tendría
consecuencias electorales, hemos mantenido coherentemente esa posición,
porque entendemos que los perjuicios que acarrearía para Laciana serían
muy superiores a sus beneficios. No sólo por la destrucción de una parte
importante de su patrimonio natural, sino por las consecuencias sociales
que tendría. Y la primera de ellas, la despoblación. Un fenómeno al que
no han podido sustraerse, por ejemplo, todos los núcleos de
población en la zona de influencia de la autovía de los valles mineros,
que comunica Mieres con Gijón. Según un estudio publicado por el diario
El Comercio de Gijón, todos ellos han perdido población desde la
apertura de esta vía de comunicación. Y las previsiones apuntan a que la
hemorragia continuará, como mínimo, durante la próxima década. Mieres
podría llegar a perder casi el 40% de su población hasta el año 2018.
Pero somos conscientes de que en una comarca como Laciana, donde todo es
inmediatez e instinto básico, éstos y cuantos argumentos podamos
exponer, no tendrán la menor influencia sobre la clase política, ni
tampoco sobre un sector mayoritario de la ciudadanía. Aún así,
seguiremos insistiendo en que la construcción de esta supuesta autovía
sería una catástrofe para Laciana y Babia. Tenemos, pues, la esperanza
de que gentes más documentadas y responsables acaben poniendo un
término a tanto despropósito.
Claro que cabe preguntarse ¿dónde está esa responsabilidad? Desde luego
no cabe esperarla de la clase política. Y menos aún estando como estamos
en plena precampaña electoral. Ahora sale el PP con otra propuesta igual
de descabellada. Un trazado por Omaña. Ver para creer.
Naturalmente, mientras se tiene entretenida a la ciudadanía con este
tema, no se aborda con seriedad el futuro de las cuencas mineras. En las
cuales, pese a las ingentes cantidades invertidas para la reconversión
de la minería, todavía están por verse los primeros efectos positivos.
Las cuencas siguen perdiendo población, no se crea empleo alternativo y
el entorno natural está cada vez más degradado. Pero esos temas no
parecen preocupar lo más mínimo a una clase política que ha hecho de la
demagogia y el engaño su único ideario. El tiempo, como casi siempre,
dará y quitará razones. El problema es que será - también como casi
siempre - demasiado tarde.
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