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El
objetivo de Los Verdes de Europa es estar presentes en el máximo de
circunscripciones y ofrecer un espacio propio y diferenciado a todo el
movimiento ecologista.
Después
del estrepitoso fracaso cosechado en las pasadas elecciones municipales
y autonómicas por la oportunista coalición IU-Los Verdes de Castilla y
León, todo parece indicar que al fin se ha impuesto la cordura. Los
díscolos de Salamanca parecen haber entendido que la construcción del
espacio Verde no puede hacerse siendo muleta de nadie. Por muy legítimas
que sean las aspiraciones personales de cada uno. Consiguientemente,
como era de preveer, aquella pseudo coalición ha volado en añicos.
Dándonos así la razón a quienes jamás hemos creído en los montajes
electorales de última hora. Máxime, cuando era visible que lo único que
pretendía IU, era exclusivamente ocupar el espacio verde.
La situación ha cambiado de cara a las próximas elecciones generales del
9M. En Castilla y León el espacio verde sólo será ocupado por
candidaturas verdes. En León, Zamora, Valladolid y Ávila bajo las siglas
de Los Verdes de Europa y en las provincias restantes por Los
Verdes. Ese es el compromiso alcanzado y que todos deberíamos respetar,
como un primer paso ante la inevitable refundación de Los Verdes a nivel
nacional. Al menos en esa dirección estamos trabajando Los Verdes de
Europa.
Aun siendo importantes estas elecciones, el resultado es lo de menos. El
principal objetivo tiene que ser el de ofrecerle a un sector del
electorado un espacio propio y bien diferenciado de los partidos
tradicionales. Pues con ninguno de ellos compartimos el modelo de
desarrollo imperante ni en nuestro país ni el el resto del mundo. Por
consiguiente, cualquier coalición electoral de carácter coyuntural, lo
único que propicia es una ralentización del proceso de construcción de
un espacio propio y una alternativa verde. Además, de añadir más
confusión de la ya existente entre los ciudadanos.
Pasadas estas elecciones, nuestra principal tarea tiene que ser la de
crear un único partido Verde y acabar definitivamente con esos reinos de
taifas que tanto nos han debilitado. Sólo de ese modo inspiraremos
confianza y podremos afrontar las elecciones europeas de 2009 con un
mínimo de garantías. Hemos de sacar enseñanzas positivas de nuestros
errores y experiencias pasadas.
El caso de Castilla y León no es el único fracaso. En Andalucía también
saltó por los aires la coalición electoral con el PSOE. No podía ser de
otra manera. Por muy llamativa que haya sido a última hora la
intervención de la Junta de Andalucía en el caso Malaya, en esa
comunidad la tolerancia con el urbanismo salvaje y especulativo sigue
siendo muy importante. Del mismo modo que sigue habiendo un gran
farisaísmo con la política medio ambiental del Gobierno socialista.
Grandilocuentes declaraciones, pero durante los últimos cuatro años se
ha contaminado más que durante los últimos cuatro en los que gobernó el
PP. Y sin embargo, nuestro diputado formaba parte del grupo
parlamentario del PSOE.
Hoy hemos de asumir y reconocer públicamente, que nuestro apoyo al
proyecto socialista no dio los frutos que en buena lógica cabía esperar.
Pero lo peor, es que nuestra imagen ha quedado desdibujada y casi nunca
hemos logrado aparecer como una opción política diferenciada del PSOE.
Lo que viene a significar una pérdida de espacio propio. Y otro tanto
sucede en Cataluña y otras regiones donde existen alianzas y coaliciones
del mismo estilo.
Más importante que gravitar en la órbita del poder, es construir nuestro
propio espacio. Desde el que podamos defender sin ataduras y con total
independencia nuestro proyecto ecologista. Sólo así se podrá ir
incorporando progresivamente el ecologismo asociativo al ecologismo
político. Que en modo alguno está hoy representado ni por el PSOE ni por
IU.
El significado de nuestra participación en estas elecciones que se
avecinan, no es otro que sentar las bases de una refundación del
ecologismo político en este país. Al igual que en su día lo han hecho
alemanes y franceses, por ejemplo. Por eso es muy importante conocer el
grado de adhesión y simpatía que entre el electorado suscita nuestra
acción política.
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