|
|
Todos los
economistas y los “responsables” políticos, o casi, rinden culto al
crecimiento, según ellos es la condición indispensable para la creación
de empleo, al mismo tiempo que satisface las necesidades de expansión. A
escala mundial, defienden, al menos en principio, les “objetivos del
milenio” de Naciones Unidas, con el objetivo de reducir drásticamente la
pobreza. Sin embargo, esos objetivos no se alcanzarán, si cuestiones
como las medioambientales no se sitúan en una primera línea y si no se
cuestiona la religión del crecimiento. Nos seguiremos limitando al
cambio climático, aunque haya otros indicadores con la luz roja
encendida: poluciones orgánicas persistentes, biodiversidad,
agotamiento de los ecosistemas...
Desde hace una
década, los trabajos científicos se acumulan y convergen: los del GIEC
(Grupo Intergubernamental de Expertos en la Evolución del Clima), del
PUNE (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente), de la Agencia
Europea para el Medio Ambiente, etcétera.
¿Y qué dicen esos trabajos? Pues que la aceleración del recalentamiento
del planeta en el período más reciente, está directamente ligada a las
emisiones de gases a efecto invernadero de origen humano, principalmente
CO2. Y que más allá de una subida de la temperatura de 2 grados
centígrados en relación con la época preindustrial ( actualmente ha
subido 1 grado y considerando las emisiones actuales, se alcanzará el
1,5º en muy poco tiempo) son previsibles grandes catástrofes humanas a
nivel planetario: Sequías, inundaciones, tempestades, subida del nivel
de las aguas de los mares, etcétera.
En el transcurso
de este siglo, sobre la base de las tendencias actuales, el
recalentamiento estará comprendido entre 2º y 6º, y eso sin recurrir a
escenarios mucho más pesimistas, pero no infundados.
Esas catástrofes
afectarían principal y prioritariamente a los más pobres del planeta, a
quienes más dependencia tienen de los “caprichos” climáticos. Y podrían
reducir a nada los objetivos del milenio 2015 y provocar regresiones aún
más allá de esa fecha. Centrémonos pues, en el primero de esos
objetivos: reducir a la mitad la proporción de pobres y de personas que
padecen famina
Se estima que el
90% de los seres humanos afectados por este tipo de desastres
“naturales” ligados al cambio climático viven en países o regiones
pobres. En ciertas regiones (Sahel, América Central, Bengladesh, el
Pacifico Sur...) en pocas horas esos desastres pueden acabar con años de
progreso y de desarrollo humano. Según la Cruz Roja y la Medialuna Roja,
el número de personas afectadas gravemente por estas catástrofes, ha
pasado de 740 millones en los años 1970 a más de 2000 millones en 1990.
Las pérdidas económicas habrían pasado de 131 000 millones a 629 000,
más de diez años de ayuda pública al desarrollo. Según el PUNE, el coste
por el cambio climático dobla cada diez años. Según otras estimaciones,
las perdidas económicas de esta naturaleza estarían por encima del PIB
mundial alrededor de los años 2060. Cálculos seguramente contestables,
pero no más que los que la economía usual.
La mitad de la población mundial vive en zonas costeras que serían
sumergidas si el nivel del agua se elevara un metro, evolución muy
prudente para el siglo que viene de persistir la tendencia actual. Cabe
esperar que se produzcan migraciones masivas de “refugiados
medioambientales”: veinte millones antes de finales de siglo nada más
que en Bengladesh y 150 millones en el mundo según los investigadores de
Oxford.
Para mantener el recalentamiento del planeta en los limites humanamente
tolerables, sería necesario que cada habitante del mundo no sobrepase el
nivel de emisiones de 0,46 toneladas anuales de carbono. En 1995, en
Estados Unidos, esa cifra fue de 5,3 toneladas, es decir, 12 veces más.
La cuestión que se nos plantea es la siguiente: ¿el crecimiento tal y
como lo hemos conocido y celebrado, es compatible con esta servidumbre
de vida?
¿Si no, cómo no
pensar en el “acrecimiento”, una nueva idea de progreso, desligada de la
religión productivista del “siempre más”, y fundada en otros indicadores
del bienestar? ¿Qué transiciones habría que entrever? ¿Qué actividades y
empleos habría que desarrollar y qué organización productiva, qué
“relocalización” de la economía? Pero también: ¿qué redistribución
mundial en el marco de esta afirmación de igualdad de derechos de acceso
a los recursos medioambientales?
La historia nos ha demostrado que, en circunstancias excepcionales, la
economía de un país puede ser profundamente reestructurada en muy poco
tiempo sin que se produzca ninguna catástrofe social, siempre que exista
una clara conciencia de los peligros comunes. Esta toma de conciencia
sobre los riesgos medioambientales se retrasa porque en juego están
enormes intereses privados y porque ideólogos del pensamiento único
minimizan su importancia.
Corresponde a los
contra-ideólogos ponerse manos a la obra. Cuando “se quema la casa” lo
que no se puede hacer es seguir almacenado bombas a efecto retardado.
Jean Gadrey, profesor emérito de la Universidad de
Lille I |