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DESOBEDIENCIA CIVIL

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Pacifistas como Martin Luther King o Gandhi afirmaron que “La desobediencia civil es un derecho imprescriptible de todo ciudadano”. Pero en realidad, el padre de este concepto fue el americano Henry David Thoreau, hace ya más de siglo y medio.

En varios países, incluido el nuestro, grupos de mujeres, públicamente y a rostro descubierto, afirmaron haber abortado cuando la interrupción del embarazo era ilegal. Con estos actos de desobediencia civil, lo que en realidad hacían era reivindicar una ley del aborto.

Dicho de otro modo, un movimiento de desobediencia civil lo que persigue es la consecución de un objetivo. En algunos casos, puede tratarse también del cuestionamiento de la propia Ley.

La consecución de ese objetivo, para quienes desafían las normas establecidas entraña, casi siempre, determinados riesgos que hay que asumir. Como por ejemplo, sanciones económicas.

Pero éstas pueden verse considerablemente aminoradas o incluso no llegar a existir, en función del número de gentes que desafíen  la norma establecida.

Un ayuntamiento no reaccionará de la misma manera contra un individuo que contra mil. Y en Laciana, los mineros saben mucho de eso. Y sino que se lo pregunten a quienes en reiteradas ocasiones han participado en los numerosos cortes de carreteras que han tenido lugar en los últimos veinte años.

Las condiciones y límites de la desobediencia civil puede ser un interesante debate. Y más en Laciana, donde la Ley y las instituciones parecen estar al servicio de un empresario y en contra de la mayoría de los ciudadanos.

Victorino Alonso destruye con sus ilegales explotaciones de carbón a cielo abierto el patrimonio natural de los lacianiegos. Tala indiscriminadamente los montes. Abre pistas sin autorización. Y convierte a toda la comarca y su entorno, en un incesante trasiego de camiones que van y vienen incumpliendo la normativa en materia de transporte terrestre de sustancias contaminantes.

Y frente a tanta arbitrariedad, ¿qué hacemos los ciudadanos? En el mejor de los casos, quejarnos en nuestro entorno más reducido. En el peor, nada de nada.

Pues bien, Los Verdes consideramos que ha llegado el momento de poner en marcha un movimiento de desobediencia civil, que muestre con claridad la realidad de esta tierra y la actuación de los poderes públicos. Que muestre la connivencia que existe entre el poder político y el poder del dinero.

Naturalmente, también en esta ocasión al igual que en todas las anteriores, Los Verdes asumiremos todas las responsabilidades que puedan derivarse de una acción de esta naturaleza. Incluidas las críticas, que como es habitual, nos lloverán de los sectores más conservadores e inmovilistas de la sociedad lacianiega.

La desobediencia civil, en este caso, expresará nuestro rechazo al sometimiento ante el abuso. En suma, que protagonizaremos actos de higiene democrática, al igual que lo hizo Henry David Thoureau en 1849, negándose a pagar el impuesto destinado a financiar la guerra de su país contra Méjico.

Cometeremos infracciones conscientes e intencionadas. Trataremos de que éstas tengan vocación colectiva y pacifica. Porque así es como se manifiesta la desobediencia civil.

 

 

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