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No sólo es ejemplar la historia que
merece recordarse como dechado de virtud sino también la que, por su
desenlace lamentable, sirve -o debiera servir- de escarmiento. De
historias tenebrosas y ejemplarizantes está siendo Laciana fuente
pródiga durante los últimos tiempos.
El tres de julio de 1989, el Pleno
Ordinario del Ayuntamiento discutió un proyecto de convenio con la
Minero Siderúrgica de Ponferrada. Fue uno de tantos acuerdos, todos
clónicos y tan perniciosos para el valle como el que ahora está en
candelero. En aquella ocasión, la empresa cedía al concejo cuatro fincas
de improbable utilidad, otros tantos edificios inútiles –una antigua
cuadra de mulas, un almacén de piensos, una escuela abandonada y el
local de un economato-, unos cuantos planos y unas tuberías. De este
modo, MSP se quitaba de encima varios muertos y colocaba al Concejo la
misma morralla o mercancía averiada usada en todas las negociaciones. A
cambio de ello –que se sepa-, el Ayuntamiento otorgaría a MSP las
licencias de obras y de actividad para un colosal lavadero de carbón que
se levantaría en un área tangencial al casco urbano, un vertedero para
escombros con las proporciones adecuadas, varios talleres y una
coctelera para mezclas y avíos de carbón. Añadía MSP a su oferta ciento
cincuenta millones de pesetas, pero dejando bien claro que, al entregar
tan “espléndida” cantidad, quedaba libre de satisfacer cuantas tasas o
impuestos y tributos pudieran derivarse de las descomunales obras. Un
negocio redondo, como se ve. No en vano los contratos entre MSP y el
Ayuntamiento de Villablino siempre los ha redactado la primera, mientras
que al alcalde sólo compete aceptar y firmar.
Aquel 3 de julio de 1989, la
corporación municipal rechazó el acuerdo porque los Independientes
Lacianiegos no pasaron por el aro y Guillermo Murias Andonegui, entonces
edil de Izquierda Unida, también se opuso al no estar de acuerdo con la
ubicación del tinglado.
Pero hete aquí que dos semanas
después, en plena canícula y aprovechando que siete concejales de la
oposición se encontraban por el mundo adelante, el alcalde fijó un pleno
extraordinario y urgente en cuyo orden del día figuraban asuntos
intranscendentes. Como era de esperar, solo acudieron este pleno los
nueve socialistas y Guillermo Murias, único opositor que no veraneaba.
Inició la sesión el inefable Pedro
Fernández con una perorata incomprensible, hasta tal punto confusa que
la lectura del acta requiere el aderezo con un par de aspirinas. Anunció
Fernández que el asunto del convenio con MSP, aunque no estaba
contemplado en el orden del día, sería tratado de nuevo. El secretario
de la corporación, bisoño y por tanto quisquilloso, se curó en salud
advirtiendo que “la ley es clara y tajante: un pleno extraordinario no
se puede tratar materia alguna que no esté relacionada en el orden del
día”. No obstante, se trató y fue aprobado con los votos socialistas.
Faltaría más.
En este mismo pleno del 2 de agosto
de 1989, aprovechando la oportunidad, MSP solicitó ya la licencia de
actividad, es decir, el permiso para poner en marcha el lavadero que aún
no estaba construido. Y el audaz Pedro Fernández –adviértase la
elegancia de quien sustituye desaprensivo por audaz-, expresó “el deseo
político de emitir un informe donde figure con claridad la implícita
concesión de la licencia”. A todo esto, no se había redactado el
obligatorio informe sobre Actividades Molestas, Insalubres, Nocivas y
Peligrosas y, por tanto, no existía el dictamen favorable e
imprescindible para conceder la licencia. Quizá por eso el alcalde, a la
sazón Jesús Fernández García, se la cogió con papel de fumar e hizo una
puntualización que consta en el acta: “Implícitamente, vale, pero no
explícitamente”. A las pocas semanas, este alcalde comprendió quién
manda de verdad en Laciana y presentó su dimisión. (Lo mismo le
ocurriría al regidor Ángel Crespo unos años después).
Y ahora viene lo bueno.
Argumentaron en aquella ocasión Pedro Fernández y MSP que el propósito
del convenio era asegurar el futuro de la empresa y mantener el nivel de
empleo en la comarca. O sea, lo de siempre. Además, el lavadero sería
una instalación modélica, basada en las últimas tecnologías, aislada del
casco urbano por barreras acústicas y visuales, silenciosa, no
contaminante y equipada con un circuito interno de agua totalmente
estanco. Aconsejaba también Pedro Fernández “valorar el impacto que para
Laciana, desde el punto de vista social y económico, iba a tener el
lavadero, así como la disponibilidad financiera que recibiría el
Ayuntamiento para urbanizar el barrio de Colominas”.
Gustaba a la senadora Nieves
Fernández proclamar que el tiempo siempre da y quita razones y, en
efecto, así fue. El lavadero se construyó en medio de escándalos,
acusaciones de corrupción y desastres técnicos continuos. Desde 1989
para acá, la empresa eliminó el 70% del empleo. Pedro Fernández fue
repetidamente procesado e inhabilitado para ejercer cargos públicos. El
espacio destinado a vertedero quedó saturado en poco tiempo y esto es
algo que los técnicos sabían de sobra cuando lo proyectaron. Entonces la
montaña de escombros empezó a crecer y a crecer junto a las casas del
barrio de Colominas y en el exiguo pasillo entre el Sil y el Castro de
Las Muelas, en un área de alto interés recreativo y cultural. Ahora, el
río baja de vez en cuando negro como la pez y los pozos legendarios
donde la gente de Villablino se bañaba y los prados y las fuentes y los
rincones donde solían celebrarse tantos encuentros y meriendas,
desaparecieron bajo los cascotes. Las calles de Colominas fueron
asfaltadas pero el barrio languidece ahora acobardado al pie de los
escombros, torturado por los estruendos que persisten día y noche e
impregnado de polvo negro o sustancias contaminantes capaces de penetrar
por todas las fisuras. Sus vecinos, mayormente jubilados de los de
verdad, personas de edad avanzada que hace unos años gastaron sus
ahorros en comprar las viviendas que venían habitando desde los años 50,
se encuentran con que su patrimonio está absolutamente degradado. Y
Villablino perdió para siempre el tramo y la ribera más valiosa del río
Sil. O sea que la senadora fue clarividente: el tiempo es el que da y
quita razones.
Pero ahora viene lo más chungo. Los
vecinos de Laciana se acaban de enterar de un secreto bien guardado
durante quince años. Resulta que el lavadero de MSP, la obra más colosal
realizada en la comarca, fue construido sin licencia municipal de obras.
En el año 1997, a petición del juzgado de Primera Instancia número
catorce de Madrid, el Ayuntamiento de Villablino expidió un documento,
firmado por el alcalde Guillermo Murias, donde se hace constar que “en
los archivos municipales no obra licencia de obra alguna concedida a MSP
para la construcción del lavadero de Villablino” y que, “examinado el
libro de actas de la Comisión de Gobierno, no aparece acuerdo alguno
relativo a la concesión de la referida licencia de obras”. Y, por si
esto fuera poco, existe una fundada sospecha que, de confirmarse,
llevaría el escándalo a alcanzar proporciones acordes con el tamaño del
lavadero. Hay serias dudas de que haya existido nunca el dictamen
favorable para cumplimentar el expediente de Actividades Molestas,
Insalubres y Peligrosas con que el lavadero debió contar antes de tener
la licencia de actividad.
En fin: esta historia ejemplar debe
tenerse en cuenta porque todo indica que en Laciana se avecina un otoño
inolvidable. Y, en ese caso, conviene saber de qué lado, hasta el
momento, cayó siempre la razón, el argumento, el derecho, la verdad, el
justo veredicto que el tiempo otorga. En una batalla donde la comunidad
se juega tanto, conviene estar atentos para evitar el fuego amigo.
Julio Álvarez Rubio
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