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Debido al enorme
impacto que las explotaciones a cielo abierto originan, éstas deberían
ser controladas muy rigurosamente en todas sus etapas. Desde la
prospección y explotación hasta el transporte y consumo. En la mayoría
de los casos si ese control se realizara con el rigor necesario, esto
significaría simple y llanamente la prohibición de esas explotaciones.
Máxime, teniendo en cuenta que las empresas mineras no ejercen el menor
autocontrol sobre sus actividades. Incluso el control de las propias
administraciones competentes en la materia, es igualmente muy
deficiente. Y en Laciana tenemos muchos ejemplos de ello.
El poder económico
de las empresas y el permanente chantaje que ejercen, amenazando con el
recorte de plantillas, explica en buena medida esa actitud tan tolerante
de los responsables políticos. Por eso es cada vez más necesario
implicar en esta cuestión a la ciudadanía para que participe
directamente en ese control. El mito del desarrollo sostenible en la
mayoría de los casos no se sostiene. Ni en materia de justicia social y
menos aún en lo que a conservación del patrimonio natural se refiere. De
manera que nos están engañando.
En la actualidad y
en el conjunto del planeta, los materiales extraídos mediante la
modalidad de la minería en superficie superan el 60%. Lo que provoca una
devastación total del ecosistema afectado por este tipo de
explotaciones. Y esa devastación se traduce en deforestaciones,
contaminación de las aguas, destrucción de los hábitats naturales etc.
Naturalmente, las empresas y los responsables políticos nos cuentan que
esta actividad crea riqueza. Sin embargo, omiten otra realidad mucho más
desoladora. Como es, que esa supuesta riqueza puede contribuir a
retrasar cualquier tipo de desarrollo. Sea nacional o local. Y Laciana
vuelve a ser, por desgracia, un buen ejemplo de ese declive.
Según un estudio
realizado por ARBORVITAE, los países del sur más ricos en
recursos minerales, han tenido una tasa de crecimiento económico mucho
más lenta que los países no dependientes de minerales. Al mismo tiempo
que han experimentado un nivel más bajo de bienestar social y una
distribución de las rentas más asimétricas que el resto de los países en
vías de desarrollo. Consiguientemente, en la mayoría de los casos, la
minería es más una maldición que una bendición.
Si la miopía y la
incultura de algunos responsables políticos y sindicales no hubiera sido
tan enorme, Laciana podría haber aprovechado las oportunidades que no
dejaron escapar otras regiones europeas, que a diferencia de la nuestra,
sí iniciaron el proceso de reconversión hace ya dos décadas.
Hoy aún, la
tozudez de algunos les lleva a construir nuevas realidades virtuales,
que en modo alguno se aproximan a la verdadera realidad que nos viene de
Europa. Con la creación de esa “Mesa Técnica del Carbón” lo único que
están haciendo es difundir el mensaje de los empresarios mineros.
Quienes, sin embargo, sí tienen muy claro que el carbón tiene fecha de
caducidad. Pero mientras más tiempo se prolongue la agonía, ellos siguen
acumulando beneficios y devastando comarcas enteras. Victorino Alonso
tiene que estar en el séptimo cielo y pletórico de satisfacción por la
iniciativa del ayuntamiento de Villablino.
Con mentalidades
que sólo son capaces de visualizar el desarrollo imponiendo sobre las
comunidades locales la estrategia empresarial, el futuro será cada vez
más incierto. Lo que Laciana necesita es un Gobierno municipal con una
visión moderna y distinta, para no sólo satisfacer las ambiciones
crematísticas de un empresario, sino las necesidades sociales y
culturales de la actual generación de lacianiegos y también de las
venideras. Porque ese sí es el verdadero desarrollo sostenible. Todo lo
demás son soflamas políticas, tendentes a deformar una realidad que por
mucho que se intente ocultar, en Laciana está cada día más omnipresente.
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