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Lo más llamativo
de este Equipo de Gobierno Municipal – también de los anteriores – son
sus escasas pretensiones sociales y ecológicas. Ante la catástrofe que
vive Laciana, en ningún momento ha mostrado la firme decisión de
construir una alternativa diferente a la que históricamente ha regido la
vida de la comunidad lacianiega.
Unos y otros, en
vez de revitalizar la democracia casi siempre han optado por soluciones
posibilistas y en ocasiones, hasta autoritarias. De ahí que los
lacianiegos sean hoy, políticamente, mucho más pasivos que lo eran hace
veinticinco años.
También en Laciana
el sentimiento de impotencia está ampliamente extendido. Los ciudadanos
tienen la sensación de que su voto tiene cada vez menos valor y sentido.
Sus
representantes, después de una elección, a pesar de las promesas
electorales, se instalan en el posibilismo ramplón. Es decir, hacen la
sola política que es posible. Aquella dictada por las exigencias de un
sistema cada vez más neoliberal y globalizado.
Con sus problemas
de la inseguridad laboral, de pobreza y de excusión social que son cada
vez más evidentes. Incluso en el mundo occidental y supuestamente
desarrollado.
En suma, que el
vaciamiento político es también una realidad en Laciana. Donde la
izquierda tradicional ya no es capaz de ilusionar a nadie. Porque hace
demasiado tiempo que se ha quedado sin ideas. Aquí todo es infrapolítica.
A la ciudadanía se
la mantiene cuidadosamente al margen de cualquier decisión, sea ésta
importante o nimia.
Los Verdes tenemos
otra visión de la práctica política. Nuestra apuesta firme y decidida es
por UNA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA. Algo que levanta sarpullidos
en los partidos tradicionales. Por eso tratan de dar una visión
reductora y distorsionada del movimiento ecologista.
Es cierto, sin
embargo, que la ecología política, por lo menos en nuestro país, aún no
ha conseguido adquirir un estatus “claro y diferente”. ¿Qué es entonces
la ecología? ¿Y qué es la ecología política?
He aquí un
interesantísimo e ilustrativo trabajo, que a buen seguro, no sólo
interesará a los ecologistas, sino a otros muchos. Al menos ese es
nuestro deseo.
¿Qué es la
ecología?
Según el Petit Robert, este término
aparece en la segunda mitad del siglo XIX. Término de biología, la
ecología es -en su origen- una disciplina científica. Es la ciencia que
estudia la relación triangular entre los individuos de una especie, la
actividad organizada de esta especie, y su medio ambiente, que es a la
vez condición y producto de esta actividad, condición de vida de esta
especie. El ecologista que se interesa por los castores se dedicará a
analizar su relación con el medio en donde viven: el bosque, los ríos,
pero también las barricadas que construyen, o sea la naturaleza
transformada por su actividad. Mirará la capacidad de ese sistema de
subvenir a las necesidades de la población de castores, la manera como
esa población se reproduce, se organiza, etcétera. Aplicada al hombre,
la ecología se vuelve el estudio de la relación entre la humanidad y su
ambiente, o sea la manera cómo la primera transforma al segundo y éste
permite a la primera sobrevivir. Así como el ambiente de los castores no
se reduce a los bosques y a los ríos, el ambiente de los hombres no es
simplemente la naturaleza salvaje, sino que incluye también la
naturaleza transformada por su actividad. La ecología humana es,
entonces, el análisis de la interacción compleja entre el medio ambiente
(medio de vida de la humanidad) y el funcionamiento económico, social y
político de las comunidades humanas.
En eso reside la diferencia
significativa entra la ecología de la especie humana y la ecología de
las demás especies animales. Los hombres, en efecto, son animales no
solamente sociales sino también políticos. Desde su origen la ecología
humana tiene otra característica específica que se remonta al principio
de la humanidad, al homo habilis: la capacidad de producir utensilios.
Aunque algunos chimpancés mostraron su capacidad de transformar ciertos
objetos en utensilios, éstos siguen siendo muy rudimentarios. El hombre,
al contrario, no ha dejado de mejorar sus utensilios y por ende su
capacidad de acción y de transformación de su medio, por la vía de la
"domesticación" de plantas y animales desde la revolución neolítica.
Durante miles de años, se trató simplemente de luchar contra el hambre y
la intemperie. Vivir lo más posible en armonía con el orden del mundo,
tal parecía ser la sabiduría de esos hombres. Pero hace,
aproximadamente, cuatro siglos ocurrió un viraje radical: antes se
trataba de someterse al orden de la naturaleza, después de doblegarla a
nuestros deseos. La marcha de la ciencia y de sus aplicaciones técnicas
no han terminado desde entonces de fomentar el sentimiento de los
humanos de ser realmente "maestros y propietarios de la naturaleza".
En el curso de la segunda mitad del
siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial, este movimiento de
emancipación llegó a sus límites. Los milagros de la técnica y de la
tecnología empezaron a mostrar lagunas; accidentes "imprevisibles" se
multiplicaron y extendieron sus efectos a la escala planetaria (mareas
negras, Chernobyl). Mientras que los primeros gritos de alarma del Club
de Roma, en los años setenta, ponían todavía el acento en la
insuficiencia de los recursos naturales, los trabajos científicos más
recientes ponen énfasis en los graves desequilibrios ecológicos que
generan las contaminaciones industriales (destrucción de la capa de
ozono, efecto invernadero, crecimiento de los océanos, calentamiento del
clima). La toma de conciencia de los efectos perturbadores de la
actividad humana y del progreso técnico -fuera de los accidentes- creció
y se extendió. El crecimiento de esta nueva inquietud llevó a cierto
número de observadores a intentar discernir mejor los mecanismos
económicos y políticos generadores de desequilibrios ecológicos.
Es sobre esta base conceptual e
histórica de la ecología como se constituyó la ecología política; ésta
se profundizó después en un análisis crítico del funcionamiento general
de las sociedades industriales avanzadas, análisis que dio lugar a una
reflexión paralela acerca de los medios necesarios para avanzar hacia
otra forma de desarrollo.
De la ciencia a la política
El paso de la ciencia a la ecología
política introdujo la cuestión del sentido de lo que hacemos, lo cual
implica una serie de interrogaciones: ¿en qué medida nuestra
organización social, la manera en que producimos, en que consumimos, en
qué medida estos diversos factores modifican nuestro medio ambiente? Con
más precisión, ¿cómo pensar la combinación, la interpenetración, de
estos factores en su acción sobre el medio ambiente? ¿Los efectos de
estas modificaciones sobre los individuos son favorables o no? La
ecología política nos dice cuáles son los efectos de nuestros
comportamientos y prácticas. Aclara los enredos, pero no toca a ella
sino a los hombres escoger el modo de desarrollo que desean, en función
de valores que evolucionan en el debate público. Tomando en serio los
desequilibrios ecológicos generados por la actividad humana, la ecología
política es llevada a cuestionar la modernidad y a desarrollar un
análisis crítico del funcionamiento de nuestras sociedades industriales.
Este análisis pone en causa un conjunto de valores y de conceptos claves
sobre los cuales descansa nuestra cultura occidental.
La naturaleza
Ya hemos mencionado el sentimiento de
potencia y de dominación sobre la naturaleza que se ha desarrollado
progresivamente a partir del siglo XVII. Tal exaltación narcisista
construyó una forma de oposición, de antagonismo, entre el hombre y la
naturaleza, así el hombre -participando de la naturaleza- parecía de
alguna manera haberse separado de ella. En particular, la comparación
del hombre con las otras especies animales permitía hacer manifiesta la
diferencia, explicitando su metamorfosis. El desprecio hacia la
naturaleza, las prácticas más degradantes hacia ella, hacia los animales
y también hacia los pueblos indígenas, que los europeos descubrían y
juzgaban "no civilizados". La ecología política considera que han sido
largamente superados los límites de lo aceptable y que llegó la hora de
una reconsideración general de las prácticas, pero también de las
representaciones, unas y otras relacionadas entre sí. Los hombres forman
íntimamente parte de la naturaleza, la respiran y se alimentan de ella.
No hay tampoco que caer en el exceso opuesto de una sacralización de la
naturaleza. La ecología política retoma la oposición entre naturaleza y
cultura relativizándola. Nos parece más fecundo interesarse por la
complejidad del mundo vivo, más que por la oposición entre hombre y
naturaleza. El hombre y su medio ambiente no cesan de transformarse
mutuamente; es por ende importante convencerse que ambos están envueltos
en una evolución permanente (coevolución)
El progreso
Después de Hiroshima, Chernobyl y los
agujeros de la capa de ozono, o más recientemente la crisis de las vacas
locas, hay que reconocer que el progreso ya no aparece lineal y sin
límites: el progreso técnico no es necesariamente sinónimo de
emancipación humana ni de mejoramiento del medio ambiente. A pesar de
esto, la ecología política no trata de rechazar la idea de progreso ni
de caer en el catastrofismo antitécnico, trata de volver a dar al
progreso técnico su lugar, porque nada permite considerarlo virtuoso
"por naturaleza". Para los ecologistas, el desarrollo de las capacidades
humanas no es un valor en sí. La tecnología se introdujo en nuestro
mundo cotidiano trayendo consigo una nueva vulnerabilidad, una nueva
dependencia. La técnica no llegará nunca a eliminar todos los riesgos,
en cambio, provocará nuevos. Después de haber intentado domesticar a la
naturaleza, necesitamos ahora aprender a domesticar el progreso mismo.
Lo cual implica tener siempre presente las dos caras del progreso:
solución a las crisis, por un lado, y generación de crisis ecologistas,
por otro.
El progreso de las técnicas nos dice lo
que se puede hacer, no nos dice si esto es bueno o dañino. No es debido
a que en el mañana la ciencia y la técnica nos permitirán, sin duda,
escoger el sexo, el color de los ojos y del cabello de nuestros hijos y
de las generaciones futuras, que la elección de estas manipulaciones se
impone a nosotros. Para la ecología política, la cuestión de los valores
es independiente del cambio técnico y anterior a su aplicación. Si el
progreso de la humanidad ya no debe ser juzgado a partir de los avances
de la técnica, nos damos cuenta que entre la razón ecológica y ecología
política falta un eslabón: principios superiores capaces de orientar
nuestras elecciones y nuestras acciones, que tengan la fuerza y la
contundencia del "no matarás". La ecología política avanza sobre
problemas que ningún contrato social o pacto fundador entre individuos
libres regula. Obliga a redefinir los valores que guiarán el proyecto de
sociedad ecologista. Redefinir la vía de una moral para el siglo XXI,
pensarla, difundirla y ponerla en práctica no es una cuestión simple. Se
pueden esbozar algunas líneas. La vía debe buscarse del lado de una
unión entre fraternidad y responsabilidad extendida a la naturaleza y a
las generaciones futuras. Escogiendo anteponer algunos valores más que
definir un modelo de sociedad, en la construcción de la sociedad
ecológica futura, es claro que la ecología política espera que el camino
a recorrer sea largo, incierto y constantemente en definición. Pero ahí
reside la dinámica de un movimiento que vive en contacto directo con la
realidad de las sociedades modernas, la de las sociedades en devenir.
La responsabilidad
La fuerza de las tecnologías actuales es
tal que las consecuencias sobre el medio natural, sobre las otras
especies vivas, vegetales o animales, se multiplican. Más allá de los
accidentes ecológicos, el simple funcionamiento de muchas industrias se
sitúa en un nivel tal que la mayor parte produce efectos dañinos sobre
el medio ambiente. Más allá de la elección de circular en coche o en
tren, el calentamiento producido por ambos influye sobre el clima.
Degradamos el ambiente que nos hace vivir. Hay algo milagroso en nuestra
tierra, hay también horror, pero la belleza del mundo es uno de estos
milagros; si la sacrificamos, ¿qué quedará? Este ambiente que nos hace
la vida posible, que puede ser fuente de felicidad, o mejor dicho de
felicidad de estar en el mundo, este ambiente es lo que hacemos de él,
es también lo que dejamos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros
hijos, es la cuna y la casa que preparamos para acogerlos. Desear hijos,
darles luz sin preocuparnos de un mundo degradado que les fabricamos:
¡qué contradicción!
La solidaridad
El principio de propiedad y el poder
económico que se deriva no deberían dar a sus poseedores el derecho de
gravitar sin medida sobre la vida de los demás. Peor es lo que pasa ante
nuestros ojos. Ese poder llega a veces, indirectamente pero de manera
determinante, hasta un derecho de vida o muerte. Empuja a muchos hasta
la desesperación porque se sienten incapaces de encontrar un lugar en la
sociedad, ganarse la vida, sobrevivir dignamente, sea que hayan sido
dejados de lado desde la juventud, sea que hayan sufrido un despido a
los cuarenta años, a esta edad crítica donde las reconversiones se
vuelven para algunos infranqueables pero donde las obligaciones
familiares se hacen aplastantes. En el Derecho y su funcionamiento
implacable, en su carácter algo sacralizado, hay un riesgo de pérdida de
sentido profundo. La riqueza de los individuos se constituye siempre a
partir de la cooperación social. Un individuo aislado sin lazo con sus
congéneres no llegaría a sobrevivir. Si un individuo se enriquece, lo
debe a toda la cadena de sus similares que han construido el mundo donde
nació y a sus contemporáneos que han participado directamente o
indirectamente a su enriquecimiento. ¿No llevaría esto a un deber de
reciprocidad que se traduciría en un deber de solidaridad mínimo? Una
sociedad que tiende a eliminar el principio del dono, ¿no corre el
riesgo de deshacerse, de descomponerse? La simple solidaridad pero
también la deuda directa nos impone el deber de no quedar sordos a los
males de un continente entero. África se desangra y no somos inocentes.
La autonomía
La responsabilidad sería sólo aparente
si no se acompañara de la autonomía. Esta implica la reconquista por los
individuos y las colectividades humanas del control de sus actividades
de producción, de su vida cotidiana y de sus decisiones públicas. Se
trata de traducir en actos cierto número de fórmulas: "tomar en mano sus
actividades", "participar", "ver las consecuencias de nuestros actos".
Es en distintos niveles donde pueden situarse las implicaciones: a nivel
de la empresa, a nivel de la vida ciudadana local, regional, nacional.
Volver a poner el contenido en el centro de la política De los
enunciados precedentes surge una evidencia: la ecología es una inmensa
oferta de contenidos nuevos, o más bien un gran llamado a ocuparse del
contenido. Fija objetivos, redefine medios y estrategias, cosas que
parecían haber desaparecido de la "política", reducida a la competencia
por el poder entre hombres y partidos intercambiables y “alternantes”
La esperanza revolucionaria se disolvió,
el comunismo fracasó, el proyecto socialista decepcionó. Portadora de
grandes ambiciones a lo largo de todo el siglo, la política se encuentra
hoy debilitada. Que de esto gane modestia no sería un mal, pero su
impotencia actual y su desdibujamiento frente a la economía son
extremadamente peligrosos. Una sociedad sin proyecto político, dejada a
las simples fuerzas del mercado, envuelta en la espiral del "producir
más", no puede sino conducir a un crecimiento de las desigualdades y la
multiplicación de las crisis ecológicas. Es, entonces, urgente volver a
dar sentido y contenido a la política.
El impasse del productivismo
Las revoluciones agrarias e industriales
capitalistas han hecho posible poner fin a las crisis de carencia
(hambrunas). Han permitido a Occidente alimentar, dar un hogar, vestir,
siempre más individuos y con menos trabajo. El modelo capitalista
primero ha ofrecido la garantía de la supervivencia y después, concluida
la Segunda Guerra Mundial, con el nacimiento de una nueva variante de
capitalismo, que muchos economistas llaman fordismo, la de poder "vivir
bien" o más bien aumentar el poder de consumo. El modelo capitalista
conoció diferentes variantes, pero todas se caracterizan por un rasgo
común: el productivismo. Este productivismo, con su dinámica de producir
siempre más, alcanzó hoy sus límites.
Después de treinta años (1945-1975) de
crecimiento económico, el modelo fordista entró en crisis: crisis
económica que desemboca en los años ochenta en una variante mucho más
liberal de capitalismo, pero también, paralelamente, en una crisis
ecológica. Esta última, no tan directamente perceptible por la opinión
pública, no es menos amenazante. La búsqueda de la economía del trabajo
y de la acumulación de capital, dos pilares del fordismo como del
liberalismo, se hizo a costa de la Tierra. Cuando el regreso del
liberalismo ha resucitado las crisis ligadas a la pobreza (enfermedades
ligadas al hambre y la insalubridad, no solamente en el Tercer Mundo
sino también en los países ricos), en el corazón mismo del sistema
capitalista se dibujó un nuevo tipo de crisis ecológicas: las crisis de
abundancia, herencia envenenada de los milagros técnico-económicos de la
posguerra. Este nuevo tipo de crisis es mayormente amenazante porque
sobrepone efectos locales (destrucción del paisaje, contaminación del
aire, envenenamiento de las capas freáticas) y efectos globales, es
decir, que se perciben en todo el mundo cuando provienen de disfunciones
localizadas en sociedades particulares.
El sistema productivista respondió al
problema de la carencia con la cantidad. Empujó hasta el exceso esta
respuesta cuantitativa produciendo un problema de calidad. Hay que
cambiar de dirección: retomar el control de la economía, establecer las
condiciones de un nuevo desarrollo domesticando las fuerzas de mercado y
de la ciencia; repensar nuestro modelo de desarrollo partiendo de un
nuevo examen de nuestras necesidades. Llegó la hora de plantear la
pregunta esencial: ¿producir para qué?
Un nuevo modelo de desarrollo: el
desarrollo sostenible. Según la definición adoptada por la ONU, el
desarrollo sostenible es el que permite satisfacer las necesidades de la
generación actual, empezando por los que menos tienen, sin comprometer
la posibilidad para las generaciones futuras de satisfacer las suyas.
La idea de desarrollo sostenible tiene una doble dimensión. En el tiempo
presente, supone que este modelo de desarrollo responde a las
necesidades de cada uno. En perspectiva, supone que este modelo pueda
durar. El desarrollo sostenible incluye también la idea de
redistribución (o de justicia social) porque propone un orden en la
satisfacción de las necesidades: empezar por los que menos tienen. Pero
¿cómo hacerlo? ¿Cómo reorientar nuestro desarrollo para hacerlo
sostenible? El primer imperativo es economizar el factor Tierra, dando
prioridad a las tecnologías que economicen energía y sean más
respetuosas con el medio ambiente. El segundo imperativo consiste en
establecer nuevas regulaciones añadiendo a la protección social la
protección del medio ambiente. Las herramientas existen, desde los
medios reglamentarios (leyes y normas), medios económicos (ecoimpuestos,
permisos negociables) pasando por los acuerdos de autolimitación y los
códigos de buena conducta. Algunos permiten revertir los daños; otros,
indemnizar por los daños y algunos más, prevenir mediante la disuasión.
Es sin duda la vía del impuesto disuasivo la más prometedora porque,
además del efecto protector para el medio ambiente, proporciona a la
colectividad recursos nuevos que pueden ser destinados a otras
políticas, por ejemplo para bajar el costo del trabajo, en el cuadro de
una política de empleo, lo que nos lleva al efecto redistributivo del
modelo de desarrollo sostenible. Los pobres no tienen en general los
medios de contaminar y son también, en muchos casos, los más afectados
por los múltiples efectos de la contaminación; por eso, serán los
grandes beneficiarios de una reorientación general hacia el desarrollo
sostenible. Los perdedores, en el corto periodo, podrán ser las clases
medias, para las cuales las restricciones al uso libre y gratuito del
medio ambiente harían desvanecer el sueño de una generalización del
modelo de la sociedad de consumo, cuando no perciben el carácter
insostenible y peligroso de este modelo para su propia salud.
Es entonces necesario acoplar las nuevas
políticas ecologistas a las reformas sociales, sin las cuales las
primeras no serían legítimas. Desde el punto de vista del interés
general, razonando a largo plazo, el desarrollo sostenible se vuelve una
evidencia. Desgraciadamente, esto no se impone y más bien triunfa la
formula "después de mí, el diluvio". ¿Cómo hacer que las fuerzas
sociales y políticas lo tomen en cuenta? Seguramente podrá hacerse por
medio de un intenso debate ideológico y cultural dirigido a modificar la
percepción de los riesgos y de las ventajas, hacer progresar los valores
y las normas de la ecología. Mas allá de la política y sus contenidos,
es lo político, su campo y sus métodos lo que hay que reconstruir.
Repensar lo político entre lo global y lo local
Los gobiernos parecen incapaces de
resolver tanto los problemas cotidianos como los que se existen a escala
planetaria, ya sea que se trate de impedir despidos en una empresa en
excelentes condiciones económicas o de luchar contra el calentamiento
climático. Mientras que el poder económico y financiero ya no conoce
fronteras, el poder político descansa siempre en el principio de la
soberanía estatal. La relación de fuerza es, entonces, no solamente
desigual sino invertida. Para volver a dar a lo político su credibilidad
y los medios para actuar es indispensable encontrar un nuevo equilibrio.
“Pensar globalmente, actuar
localmente”
La mundialización y las fuertes
tensiones que sacuden a los Estados nacionales -cuando no llegan a
hacerlos explotar- refuerzan la pertinencia de este eslogan que floreció
entre los ecologistas de los años setenta.
Pensar globalmente
Es necesario pensar en términos globales
porque la ecología política hace suyas máximas que podrían ser las del
humanismo en general: "Soy hombre, y nada de lo que es humano me es
ajeno", "Somos todos responsables de todo y ante todos, y yo
particularmente". Pensar globalmente es elevarse a una visión planetaria
que el saber ecológico hizo posible: visión del estado del planeta, de
su degradación continua, del juego complejo de causas y consecuencias y,
en este juego, un aspecto esencial, la parte de la actividad humana bajo
sus distintas formas. Este aspecto es esencial porque la "dominación de
la naturaleza" es un fantasma que parece oportuno no provocar demasiado;
por otra parte, podemos y debemos esperar controlar la actividad humana.
Actuar localmente
Es la voluntad de hacerse cargo del
medio, de actuar a su escala. Contra el centralismo, contra la
tecnocracia, es la reivindicación de un derecho: el del acercamiento del
poder político a los ciudadanos, de una regionalización o
municipalización del poder político, o sea de una reapropiación de lo
político sin delegaciones ni subordinaciones. Es el pensamiento de lo
global que llama a nuestra responsabilidad local y los deberes que de
allí descienden: actuar localmente porque allí se pueden medir los
enredos y las consecuencias de los actos y, si no se hace, se cae en el
infantilismo, la recriminación estéril y reiterativa que interina y
perpetúa el estado de cosas. Escasos son los que imaginan hasta qué
punto las consecuencias de sus propios actos, mínimos a sus ojos, se
vuelven enormes y cambian de escala cuando éstas son ampliadas por el
número de los actores. Aun cuando lo supieran, ¿sería suficiente?
¿Podemos esperar que lo tomarían en cuenta? "Nuestro modo de vida no es
negociable", dijo el ex presidente estadounidense George Bush en las
negociaciones de Río.
Actuar globalmente, pensar localmente
A ese cinismo y a ese egoísmo, qué
respuesta oponer sino la necesidad de leyes, leyes globales porque hay
que impedir a los hombres que provoquen daños a nivel global. Si hay que
actuar globalmente, hay que convencer, en el terreno, mediante
compromisos locales, a aceptar leyes globales. Actuar globalmente,
pensar localmente, tal debe ser también el eslogan de una ecología
política pragmática y realista.
Actuar globalmente
Es fijar reglas de orden superior a las
escalas tradicionales (el Estado-nación, en particular) y darse los
medios para aplicarlas. Se trata de eliminar los efectos perversos
ocasionados por ciertas interacciones, impedir los comportamientos que
parecen localmente positivos pero que pueden tener consecuencias
desastrosas para el conjunto. En una palabra, esto consiste en poner
reglas al juego ciego de los egoísmos, las competencias en el mercado y
las relaciones de poder geopolítico, para privilegiar las prácticas
mutuamente provechosas.
Pensar localmente
Este aspecto constituye, a nuestros
ojos, la llave. Pensar globalmente: los teóricos para hacerlo no faltan
y en Francia menos que en otras partes. Actuar globalmente es elaborar
tratados internacionales y leyes y decretos nacionales correspondientes.
En poner esto en marcha individualmente y localmente es donde empieza la
dificultad, porque las reglamentaciones no surten efectos si los
ciudadanos no creen en su utilidad ni se convencen de que tienen
sentido, que el desagrado de la constricción tiene su justificación. En
las sociedades democráticas, esta justificación supone la adhesión al
principio del interés general, lo que implica que se resientan
individualmente o por lo menos localmente las ventajas.
El ejemplo de la III República en
Francia ofrece una excelente ilustración. El mecanismo de la escuela fue
esencial: mediante ésta se difundieron los valores de esta república
que, un siglo más tarde, resucitaba los de la Revolución. Es por medio
de los maestros como se transmitieron los principios elementales de la
moral y la instrucción cívica que fueron decisivos para los avances
humanos y sociales del final del siglo XIX. Esto se logró porque, frente
a la Iglesia y los notables tradicionales, se supo convencer a una
población mayoritariamente rural, de los beneficios de la educación, y
los maestros participaron en la gestión de los pueblos y en la
promoción social de los niños. De la misma manera, es teóricamente fácil
entender que la lucha contra el efecto invernadero implica la
disminución de la circulación de automóviles. Esto no se logrará
culpabilizando a los automovilistas por los efectos catastróficos de su
comportamiento sobre Bangla Desh en 2050, sino valorando el silencio y
el aire menos dañino de una ciudad con circulación restringida.
Sin adhesión de los actores, nada
durable puede lograrse. Es precisamente lo que entendemos por la formula
"pensar localmente". Para la ecología política, es obrar para que se
desarrolle la toma de conciencia acerca de los efectos a distancia de la
vida de cada uno, de tal forma que sea concreta la justificación de los
límites impuestos por la ley; es hacer madurar, poco a poco, en las
comunidades locales la conciencia de un destino común del género humano,
de necesidades comunes, de ventajas recíprocas superiores, y actuar
políticamente para codificar internacionalmente las reglas que las
mayorías locales están listas para aceptar.
Conclusión
Éramos, hace poco, 6 mil millones de seres humanos, similares según
todavía se dice, si remitimos a las figuras que el camino del mundo y
los medios sacan de esta masa anónima. De un lado está el horror: los
hombres del GIA argelino, las milicias serbias en Bosnia y en Kosovo,
los virtuosos del machete en Rwanda. Otros hombres, sus similares, se
llaman E. Levinas, P. Ricoeur, H. Jonás y nos invitan a otras relaciones
humanas. Se necesita un singular esfuerzo de imaginación para decirles,
a unos y a otros, similares. Pero sabemos que el hombre no es eso ni
esto. Es un devenir y una construcción. Las relaciones sociales en las
cuales tomamos parte desde la infancia a la vejez son esenciales.
Tendemos por consiguiente hacia una humanidad bárbara o civilizada. Tal
es el enredo que se presenta a la ecología política. Estamos convencidos
de que será llamada a marcar con un sello durable la humanidad de
mañana.
Publicado originalmente en AGIR, (Revue
générale de stratégie)
Traducción del francés de Massimo
Modonesi.
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