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SÍNDROME DE ESTOCOLMO

 

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En la ciudad de Estocolmo, allá por el año 1973 después de cristo, un fotógrafo inmortalizó una imagen que dio la vuelta al mundo. Después de varios días de secuestro en una entidad bancaria, uno de los rehenes besaba a uno de sus secuestradores. A eso se le llamó síndrome de Estocolmo. Una conducta extraña que pone de relieve el afecto que puede llegar a surgir entre los captores y sus víctimas. 

En Laciana, el síndrome de Estocolmo, en determinados individuos de determinados grupos sociales, es casi crónico. Por ejemplo, en el mundillo sindical. Que estén en activo, prejubilados o jubilados, esos sujetos no son capaces de sacudirse de encima el afecto por el opresor. Ese gran benefactor, sin el cual, nuestra existencia sería imposible. Él nos da trabajo. Gracias a él nos alimentamos y seguimos sobreviviendo. Tenemos una vivienda digna. Bienes de consumo. Y hasta podemos ir de vacaciones. Incluso podemos ser copropietarios de grandes multinacionales, si invertimos nuestros ahorros en bolsa. ¿Qué más podemos pedir?

Nada, realmente nada. Mejor dicho sí. Que la providencia divina le conserve  a nuestro benefactor la vida muchos años. Y que gane cuanto más mejor, porque así será más generoso y repartirá más equitativamente. Si para conseguir sus fines tiene que quebrantar alguna norma, de las llamadas legales, eso ni es cosa nuestra ni tiene tanta importancia. Nuestra existencia es tan efímera, que después de mi el diluvio. Yo ya no estaré aquí ni tendré necesidades y el que las tenga que las solucione.

Ese pragmatismo ramplón y mal sano está tan enraizado en todas esas preclaras mentes, que cada mañana nos martillean con sus disertaciones, que a fuerza de escuchar el estribillo lo vamos a acabar coreando. Al menos esa debe de ser su intención. Otra cuestión es que lo consigan.

Victorino Alonso, les guste o no, es un infractor consumado. Por allí por donde pasa deja una estela de de infracciones como la vía Láctea. Y ahí está la hemeroteca para certificarlo. Consiguientemente, quienes avalen ese tipo de conductas es que tienen la misma escala de valores. Y si no cometen irregularidades, es simplemente porque la ocasión no se presenta.

Venir a estas alturas con la cantinela de que hay que regular el marco de relaciones entre administraciones y empresa, para explotar a cielo abierto, es una solemne majadería. Es ignorar la legislación nacional, regional, local y europea en la materia. Es no haber entendido nada del Informe Motivado de la Comisión Europea. Es no haberse estudiado las resoluciones judiciales. Y así sucesivamente.

Sin embargo, es curioso que todos estos expertos no mencionen jamás la contaminación de las aguas. Ni los efectos que sobre la salud de los ciudadanos tiene. También pasan de puntillas sobre la destrucción del ecosistema y sus consecuencias. Eso sí, cual cronistas del Financial Times, disertan sobre macro economía, elaboran planes geopolíticos y estratégicos y los que se les pongan por delante. Pero pocas veces sustentan sus elucubraciones con una apoyatura solvente. Sencillamente, porque su soberbia es directamente proporcional a su ignorancia.

Aún estamos esperando a que se lean el apartado referido a los combustibles sólidos del Protocolo de Kyoto. También seguimos esperando a que muestren un solo documento elaborado por la Comisión Europea durante los últimos 10 años, en el que se afirme que el carbón tiene el espléndido futuro que ellos le auguran. Sencillamente no existe. Lo que ocurre, es que el síndrome de Estocolmo es tan fuerte, que repiten como papagayos el discurso del amo. Él es el único, por razones obvias, que sostiene esa tesis. Mientras dure el chollo él sigue mejorando la cuenta de resultados. ¿Cítennos una sola inversión de MSP en Laciana? No relacionada con sus planes, naturalmente. ¿En qué sectores está invirtiendo Victorino? ¿En el carbón? No. En obra pública, industria, hostelería etc. Si tanto futuro tiene el carbón es paradójico ¿no? 

Pues claro que cada cual es libre de valorar como estime conveniente la visita senatorial a Laciana. Pero es significativo, que por lo menos parte de los senadores, inmediatamente se hayan apresurado en declarar que desconocían la situación de ilegalidad de las explotaciones a cielo abierto que venían a visitar.

Por otra parte, es evidente que en este país se echa en falta una asignatura de instrucción cívica, como tienen en otros países de nuestro entorno. De ese modo, por lo menos, los menos perezosos, conocerían desde su tierna infancia el cometido de las instituciones de su país. Como, por ejemplo, el Senado.

No obstante, dentro de unos meses hablamos. Y como el tiempo es el mejor testigo, ya veremos de que lado estaba el análisis más certero sobre esta polémica visita senatorial a Laciana.

 

 

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